martes, 9 de diciembre de 2014
Dreamer
El viernes fui a la fiesta de cumpleaños de un amigo que cumplió 46. Hacía mucho calor. Me iba a poner un pantalón negro y una remerita con la inscripción Dreamer. Mi marido me convenció de que me pusiera la misma remera y un short de jean. Porque hacía calor y, según él, para que se me vieran las piernas que lucen muy bien. En la fiesta recibí algún que otro elogio sobre mi estado físico. Escéptica, pero convencida de estar en la senda, me complacía que el "Señora" del "Buen día" del delivery del matutino quedara por un rato en suspenso. O no: ¿Me elogiaban porque me veían muy bien? ¿O me elogiaban porque me veían muy bien, a pesar de mis 46?
Claramente, son dos cosas muy distintas. Las comparaciones en esos casos son inevitables. Y las especulaciones también. Pero, ¿con quién es justo compararse? ¿Con las que tienen mi misma edad, o parecido? ¿Con las que tienen esos tres kilos de más, aunque tengan 10 años menos? ¿Con las que lucen fantásticas porque no los tienen (ni los tres kilos, ni los 10 años)? ¿Con las agraciadas genéticamente?
Decidí que lo mejor era comparar los efectos del paso del tiempo. Y ahí pude advertir por dónde venían los elogios. Una de mis rivales -¿para qué ocultarlo? en esos términos pensamos las mujeres de otras mujeres en las fiestas o en la playa- con 20 años menos que yo, que conquistó el corazón de un coetáneo de mi marido (y mío), esa noche lucía con al menos 10 años más que cuando la conocí, hace apenas 5 años. Súper delgada como entonces pero con el rostro consumido por la maternidad, quizá, y por el cigarrillo seguro. La maternidad deja huellas - los bebés no dejan dormir bien- pero el fumar, definitivamente causa estragos. A las fumadoras, tarde o temprano les llega el derrumbe. Y en este caso se ve que le llegó temprano. Por eso, elegí ofrecerle una mirada compasiva y un "gracias de todo corazón". Aunque hoy caída en picada, seguro que cuando coincidimos por primera vez en una escena parecida, ella me inspiró.
No lo neguemos. Cuando una chica muy delgada y 20 años más joven que una llega a una fiesta de la mano de un amigo de tu marido o te inspira -a intensificar tu rutina en el gimnasio, tu dieta y tus estrategias antiage- o se torna un móvil de homicidio. No me acuerdo bien qué pensé cuando la vi por primera vez, pero no la maté. Así que seguro me inspiró. Por eso mi agradecimiento.
Que hiciera tanto calor ayudó porque se podía ver de todo: brazos y hombros desnudos, espaldas al aire y, por supuesto, mucha pierna. El menú de comparaciones prometía. Estaban las favorecidas por los genes, que siempre se mantuvieron bastante bien sin mucho esfuerzo, aunque el paso del tiempo ya se les empezaba a notar. Y estaban las favoritas de Dios, que siempre se mantuvieron muy bien, nadie sabe si con mucho o poco esfuerzo, y a las que el paso del tiempo todavía no se les nota. Pero, como siempre digo: "todavía". Cantar victoria antes de tiempo puede llevar a resultados irreversibles. Esta es una carrera de resistencia, no de velocidad. Y la que se equivoca, definitivamente pierde.
lunes, 8 de diciembre de 2014
Señora, ¿yo?
Cuando me llaman "Señora" me pregunto qué andará mal. ¿El look? ¿El peinado? ¿El outfit? o ¿El que me llama Señora? Para los más jóvenes, cualquiera que supera los 35 años es alguien ya mayor. Pero en general, por cuestiones de educación, no llaman "señor" ni "señora" a nadie. Y mucho menos tratan de "Usted". El señor que hace el delivery del diario La Razón en la estación de subte Los Incas de la Línea B, que no es tan joven, es muy amable y respetuoso. Cada mañana, al entregarme el diario me dice: "Buen día, Señora". No parece andar nada mal con él. Seguramente, el problema lo tengo yo ante la evidencia de que mis 46 años se notan.
Cuando tenía 20 años creía que si sos canchera nunca das señora. Ahora me siento canchera y doy señora. Prácticamente, en las cuestiones más personales no siento la diferencia a cuando tenía 20 años. Me gusta la misma música de entonces
Cuando yo tenía 20, la música que me gustaba a mí, a mis padres les parecía absurda. Nunca olvido los comentarios de mi padre la primera vez que vimos en familia en un programa de sábado por la tarde tocar a Fito Páez en la tv. La distancia generacional era inmensa. Para mi padre, amante del tango, del folklore y de la bossa nova, Fito Páez era algo totalmente ridículo. Era un error de casting. Para mí era lo que se venía.
Hoy, mis hijos de 20 y yo compartimos gustos músicales. Y en una pista de baile, bailamos parecido. ¿Por qué entonces se notan los 46? Igual que a los 20 me gusta el helado, el chocolate, la granola. Igual que a los 20, me peso todos los días. Y peso lo mismo que a los 20. ¿Por qué entoces doy Señora?!
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