domingo, 8 de febrero de 2015

No es la genética, es la disciplina.

La única vez que el rock coqueteó con el deber ser, sacó una canción para el olvido. Sacrificio y rock & roll son un combo imposible. Lo constatás haciendo un rápido repaso por las voces femeninas del rock nacional: Fabiana Cantilo, Celeste Carballo, Sandra Mihanovich, Claudia Puyó, María Rosa Yorio. En fin... Yo voy rumbo a los 50, donde todas ellas ya están. Y el camino que tomaron para llegar como llegaron, me alarma. Luz amarilla y a correr para otro lado.


En estas cuestiones más vale desconfiar de los que pregonan a favor del laisser faire laisser passer. Mucho rock & roll, pero a la hora de elegir compañía femenina los muchachos, en general, no se equivocan. Fijate a qué apuestan y comprobalo. Basta con chusmear la edad, la estatura, el peso y las medidas de las elegidas (al momento de ser elegidas) por Andrés, Fito, Charly, Chano, incluso Luis Alberto Spinetta y Gustavo Cerati, que en paz descansen.


Un párrafo aparte para Micaela Breque. Una genia que puso los puntos: lo mandó al viejito vicioso y panzón a lipoaspirar la evidencia de sus excesos y a mantenerse en el gym. El pobre hace lo que puede y logró lucir un poco mejor. Bravo por ellos. No es que esté a favor de las intervenciones invasivas, válgame Dios. Pero me copa que la piba se haya plantado y no se morfe el eterno "haz lo que yo digo y no lo que yo hago" de los popes del rock.


En mi caso, eso de aceptar que mi cuerpo se ponga como se ponga, de comer lo que se me antoje y de entrenar solo si me vienen ganas, me quita energía, me deprime y me agota. Soy potencialista y ¡no acepto la imposición del flow!


Como dice Angie Greene, cuando la cosa se pone difícil, "motivation is nothing". Lo que hace falta es ¡disciplina! Greene es una una entrenadora física que atravesó con honores la barrera de los 40 y comparte en su página de Facebook el proceso de entrenamiento para su primera carrera triatlón Ironman. Cuando nieva y hace 10 grados bajo cero en Nueva York, no hay motivación que te saque de la cama a las 8 de la mañana. Se sale a entrenar porque hay que cumplir el calendario de entrenamiento. Se entrena con ganas o se entrena sin ganas. Y eso es disciplina.


No hay vuelta. Disciplina es el secreto. Dicen que "billetera mata galán", yo digo que la disciplina vence a la genética. Podés tener las piernas más largas o más cortas, las caderas más o menos anchas, la cintura más o menos pronunciada, las lolas austeras o generosas, no importa qué te hayan regalado tus genes, a lo largo de los años tu cuerpo será bello o no según lo que hayas hecho con él.  Será bello si es ágil, flexible, tonificado y sin demasiados excedentes de líquidos y grasas. Y esto no se consigue fácilmente. Mucho menos con el paso de los años.


Camino a los 50 años todo se transforma en una razón obvia para estar hinchada. Si estuviste mucho tiempo parada, se te hinchan las piernas. Si comiste rápido se te hincha la panza. Si pasás muchas horas sin comer también se te hincha la panza. Si estás menstruando te hinchás toda parejita. Si estás por menstruar también te hinchas los 10 días antes de menstruar. Si hace calor te hinchás. Después de los 45, vivís hinchada. El colmo mío fue cuando corrí la maratón. Corrí 42 km y ¡¡¡me hinché!!!! Porque corrí mucho.


Así estamos y por eso digo que no es fácil. Con los años, a menos que te enfoques en entrenar tus músculos, tenés cada vez menos músculos y más grasas. La cosa parece que ser así: si hacés dieta, perdés peso y a menos que entrenes duro, perdés músculo. Cuando dejás la dieta, ganas los kilos que perdiste, pero, a menos que entrenes duro, ganás kilos de grasa, no de músculo. La grasa no consume calorías, el músculo sí. Pero como tenés cada vez más grasa y menos músculo, quemás menos calorías y engordás más rápido. Camino a los 50, después de atravesar reiteradamente estos ciclos que algunos llaman yo-yo, sos una experta en dietas, con mucha grasa y poco músculo. Para colmo después de los 40 todo va para peor porque, encima, el metabolismo se hace más lento y consume menos calorías, a menos que entrenes duro y te dediques a activarlo.


No hay otro modo de desarrollar músculo que entrenando. Y para eso se necesita disciplina. Con disciplina a lo largo de los años dejás atrás a cualquier agraciada dormida en los laureles.


Hace un par de años lo constaté personalmente con Mariana Arias. Cuando yo tenía 20 años, Mariana Arias tenía 24 y era una diosa increíble. Súper delgada y piernas eternas. Veinticinco años más tarde coincidimos en la confitería del Club de Amigos. Yo estaba saliendo de mi limpieza anual. Cuando hacés el Clean Program, un desayuno de café con leche y tostadas es un banquete romano. Bueno, Mariana Arias estaba deleitándose con su banquete mientras yo me preparaba para salir a hacer mi rutina de domingos. Todavía tiene un buen lejos, así que desde mi mesa, privada del banquete y con la obligación por delante, la envidié un poquito. Pero la envidia duró poco.


Mientras yo corría dando vueltas al club, me la crucé a ella caminando. Pude verla desde atrás y a medida que me acercaba a ella y a su trasero, la envidia pronto se transformó en compasión y cuando la pasé casi rozando sus brazos, ya era todo motivación y certeza. Sirvió para continuar dando vueltas convencida de que la disciplina vence a la genética. En este caso era un hecho.

viernes, 23 de enero de 2015

Cachetona, culona y panzona.

Desde chica mi alimentación fue buena y bastante cuidada. Siempre disfruté mucho de la comida y fui de buen comer, aunque nunca abusé, salvo en contadas ocasiones.


Para los de mi generación la comida congelada o el fast food no fueron amenazas. Hasta mis 18 años comí casero, la comida que preparaban mi abuela o mi mamá. Mi mamá siempre cuidó que cada integrante de la familia se conservara en línea y no engordara. Se llama Norma, y en honor a su nombre, en estas cuestiones logró imponer el deber. ¡Y bien que hizo!


En cuanto a la comida, en mi familia si se caía en excesos había conciencia de la caída. Y eso no es poco. Los placeres siempre vinieron a través  del chocolate, los helados, los quesos y las harinas. No mucho más. Nunca frituras, ni grasas. Tampoco dulces, colas ni alcohol.


A los trece años, en tamaño y peso, mi cuerpo ya era bastante parecido al que tengo ahora. Y desde los trece años estoy convencida de que luciría mejor con 3 o 4 kg menos.


A los 16 años, época de rebeldía, me entregué y, durante casi un año, me cuidé muy poco, o mejor dicho, no me cuidé. Comí despreocupadamente. Sin abusos pero sin dietas preestablecidas. Comía la comida disponible y seleccionaba de acuerdo al gusto. Como hace la mayoría de la gente que conozco.


Con la rebeldía adolescente, además de los 3 o 4 kg que siempre me alejaron de la imagen corporal ideal, engordé unos 3 kg más. Cachetona, culona, panzona, con flotadores en la espalda y pantalones de montar en las piernas, por más que recurría a la filosofía de la propia aceptación, al flower power style del love your body, no me gustaba en absoluto lo que pasaba. Casi no tenía ropa que me entrara y no me divertía vestirme. Por el contrario me irritaba.



Así las cosas, muy lejos de la liberación, el camino de la rebeldía me llevó a trasladar toda esa energía psíquica que había quitado de los cuidados de la dieta y de la figura a un mecanismo de negación. Esa negación que era indispensable para tolerar el disgusto y la insatisfacción de no hacer nada para revertirlo.


"Ya me voy a ordenar", "hay momentos para todo", "la vida está para disfrutar", "yo me veo mal porque soy muy pretenciosa con el cuerpo", "qué suerte tienen algunas, ¡merde!", "cinco kilos no son nada", "ya volveré".


Y pronto volví. Volví a los mismos cuidados de siempre con las dietas, la balanza y el espejo. A los 17 años alcancé mi peso ideal. Sí, perdí los kilos ganados el último año y, gracias a una operación de apendicitis, perdí también los históricos kilos combatidos de siempre. Tan triunfal fue el regreso que en la playa me tomaron fotos para la revista Gente y pronto me propusieron integrar el staff de modelos de la agencia de Ricardo Piñeiro.


Entre producciones de fotos para revistas, desfiles y publicidades, el peso y la figura ya no solo me devolvían  una imagen satisfactoria sino que también ¡eran mi fuente de ingresos! "Me cuido, me gusta, trabajo". "No me cuido, no me gusta, no trabajo. ¡Una nueva galleta! Buena galleta, pero galleta al fin.

miércoles, 21 de enero de 2015

Mondo difficile.

A los 30 años, con el cambio de década y habiendo atravesado ya dos embarazos y casi cuatro años de amamantamiento, empecé a interesarme en la transformación del físico de Madonna. Siempre agradezco tener fuerza de voluntad y capacidad de admiración. Soy mucho mejor admiradora que crítica. Y en esta carrera esto me viene sirviendo bastante.


Madonna me maravilló siempre por su tremenda voluntad y disciplina. El cuerpo es lo único que nos llevamos al féretro y ella parece tenerlo clarísimo. Con Madonna como musa inspiradora fui perdiendo mis temores al paso del tiempo. Cuando lo que uno persigue depende del trabajo personal, cada día nos regala una nueva oportunidad de progresar.


Después de los 30, o trabajás cada día para estar mejor, o cada día estás peor. A pesar de mi admiración hacia el  trabajo de Madonna y de tener clara conciencia de que el cuerpo se cuida también con actividad física, recién a los 34 años logré salir del sedentarismo y ponerme en marcha.


Cuando me quedé embarazada de mi tercer hijo venía de un período de estar muy delgada y de comer muy poco. Estaba en algo menos que mi peso ideal, y obviamente, libre de esos 4 kg tan combatidos. Los tres primeros meses de embarazo, comiendo correctamente todas las comidas, y dándome algún que otro gusto, aumenté 5 kg. ¡4 kg eran de grasa! La ropa que tenía no me entraba y, lo que es peor, sentía mis piernas enfundadas en una textura poceada. Una pesadilla. Tanta felicidad con la llegada del nuevo bebé y tanta penuria estética.


Alarmada, decidí consultar a una nutricionista, Diana Chugri, quien más adelante empezó a aparecer en programas de tv hablando sobre aparatología y estética femenina. En la consulta le expliqué que yo soy vegetariana y le transmití mi perocupación por el veloz aumento de peso y por la amenazante aparición de celulitis durante el primer trimestre del embarazo. Chugri me respondió que no había nada de qué sorprenderse. El cuerpo estaba reaccionando de manera totalmente esperable para una vegetariana embarazada de 34 años. La revolución hormonal del embarazo fabrica celulitis y la dieta vegetariana, según ella, engorda por el exceso de carbohidratos. El metabolismo del embarazo a los 34 es muy diferente que a los 22 o 24 años, edades en las que tuve mis dos primeros embarazos.


Así, Chugri me indicó una dieta y me advirtió que si no la seguía al pie de la letra, me preparara para las consecuencias. Salí del consultorio llorando, con la certeza de que esa dieta, con suerte, impediría que la situación empeorara pero que de ninguna manera me serviría para mejorar nada. ¡Ay Madonna qué lejos estabas!



Acorralada. No podía hacer una dieta loca, de restricción calórica extrema. Tampoco podía encarar ninguna terapia de shock. Las prioridades estaban claras: la salud del embarazo era lo primero. Pero, decididamente, no estaba dispuesta a protagonizar el derrumbe.


En ese momento yo vivía en un complejo de edificios en torre con servicios. Tenía una piscina de natación de 40 metros de largo con carriles para nadadores, climatizada todo el año, y gimnasio con cinta para correr y bicicleta fija. Ponerme en marcha era la única salida y tenía todo dado para hacerlo. Muy bien. Me compré una malla de natación, antiparras, gorra, protectores de silicona para oídos y, equipada, a los tres días de la visita a Chugri, empecé a nadar.


Nadé, nadé y nadé. Empecé con 10 largos y terminé nadando entre 1 y 2 horas diarias. Desde el primer día que nadé no dejé de hacerlo ni uno solo en todo el embarazo. Nadé cada día hasta el mismo día del parto.


Durante el embarazo, el control de peso es complejo ya que se hace difícil determinar con precisión cuánto incremento de peso se debe al embarazo y cuánto no. De modo que si bien no abandoné la balanza, sí incorporé un nuevo control diario: el centímetro. Así como nadé cada día, también cada día registré la comida que ingerí y las medidas del contorno de mis piernas y brazos, que a pesar del embarazo, no tenían por qué aumentar.


Seguí una dieta estricta y un programa diario de ejercicio físico. Dos o tres veces por semana, además de nadar, complementaba con media hora de caminata en cinta o bicicleta fija. Aún así, engordé un total de 14 kg en todo el embarazo. Y con todo el esfuerzo logré evitar estar peor. Pero, aparentemente, no alcanzó para mejorar.


Digo aparentemente porque después del parto quedé con casi 9 kg más que antes de empezar el embarazo y la celulitis permanecía tal como la conoció Chugri. O sea que la apariencia dejaba bastante que desear. Tenía una inmensa tarea por delante pero gracias a la práctica ya contaba con la voluntad bastante ejercitada para afrontarla. Pero aprendí que la voluntad no era suficiente. Yo había dado todo. Sin embargo los resultados eran escasos y el espejo cruel. Paciencia y la tolerancia a la frustración eran las próximas lecciones.

domingo, 18 de enero de 2015

Las Rosas Inglesas

Como dice Goffman para otras cosas, yo digo que en cuestiones del cuerpo y el estado físico, todos tenemos una carrera. Algunos la transitamos con mayor conciencia, preocupación y cuidado que otros. Pero todos crecemos, nos desarrollamos y luego envejecemos. Así trazamos una carrera individual nutrida de las experiencias de aprendizaje relativas a nuestra propia condición, que nos llevan a ir modificando cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás.


En mayor o menor medida cada quien construye su propia carrera sirviéndose de la medicina y de las industrias de la moda y la cosmética. En esta construcción también  nuestro entorno social, las revistas, la tele y, en general, los medios masivos de comunicación siempre jugaron un rol clave, que ahora también juegan las redes sociales.


Es difícil precisar con exactitud cuándo empezó mi carrera. Recuerdo que a los 5 años, el capítulo que más me interesaba de mi primera enciclopedia  era el de ejercicios físicos para estar en forma y cuidar la salud. Así aprendí a leer, mientras intentaba ejercitarme con la guía de las figuras.


Se ve que el tema siempre me interesó aunque nunca tuve aptitudes físicas destacadas. En el colegio admiraba mucho a mis compañeras que hacían muy bien destreza. Yo con la medialuna y la vertical me llevaba bastante bien pero hacer bien el flip- flap me quedó pendiente. No lo logré nunca. Como siempre digo, uno de mis pocos dones es la voluntad. Y con mucha voluntad y muy poca competencia terminé la primaria como primera escolta de la bandera de deportes.


Mi papá nadaba muy bien y me enseñó a nadar de muy chiquita. Luego de años de colonia en el club yo también aprendí a nadar, pero fue recién de grande cuando empecé a disfrutar de la natación.


Salvo fugaces intentos que solo me sirvieron para mostrarme que "yo si quiero puedo", desde que terminé la secundaria hasta los 34 años tuve una vida totalmente sedentaria.


La estética corporal, sin embargo, nunca dejó de preocuparme. Espejo y balanza fueron siempre parte de mis efectos personales indispensables. Y lo siguen siendo. El control de peso en mi caso desde los 15 años es un must.


El desarrollo, la maternidad y la menopausia son claramente las tres olas más grandes que tenemos que surfear las mujeres. Yo ya pasé las dos primeras. Y la segunda por tres! En todas, el control de peso fue un tema central y cotidiano que fui abordando de formas muy diferentes a lo largo de los años. El margen de oscilación generalmente fue de 5 kg.


Con  5 kilos más, por ejemplo, ¿me hubieran dicho en la última fiesta a la que fui que estoy muy bien, como sí me dijeron? Dudoso. Nadie lo hacía cuando mi hijo menor tenía apenas 1 año y yo tenía 9 años menos y 4 kilos más. Esos 4 kilos que te agregan nada más ni nada menos que 10 años. Todo lo que te queda bien sin esos kilos, te queda pésimo o sencillamente no te entra con esos kilos de más.


Y es así como resulto ser superficial y obsesiva. Dos calificativos merecidos debido a mi pasión por el cuerpo y sus formas. Pocos me lo dicen -mis hijos, entre ellos- pero seguro muchos de los que me conocen bien lo piensan. No está mal. Me parece bastante divertida esa imagen. Camufla glamourasamente lo que en verdad soy: una monje devota de la balanza.

O acaso quién puede negar que las conductas superficiales y obsesivas son mucho más atractivas que las ascéticas, que aburren a la mayoría de la gente que conozco.

Y como todo monje, además de asceta, soy una creyente que no tiene dudas de que Dios está en todo. En todo significa que en la balanza y en el espejo Dios también está.


Hay muchas formas distintas de ocuparse - o no ocuparse - del cuerpo y de la imagen. Yo me ocupo hace 30 años ya. Y los períodos en los que durante ese lapso no me ocupé, desplegué un poderoso dispositivo de negación que seguramente bien conocen todas las que a pesar de necesitarlo persisten en no ocuparse.


En mi caso, inmediatamente después de la etapa de desarrollo recurrí a esos tratamientos de pastillas milagrosas promocionados como "homeopáticos" que me dieron resultados efímeros pero contundentes.   Efímeros porque los kilos perdidos, sin las pastillas, pronto volvieron. Y contundentes porque me permitieron conocer una forma de mi cuerpo ya desarrollado que hasta entonces desconocía, justamente sin esos 4 o 5 kilos de más.


Desde entonces hasta hoy pasé por muchas transformaciones, para mi gusto, evolutivas. La búsqueda de una imagen armónica me llevó por un saludable camino de autodesarrollo.

Concebido de esta forma, ya no vale, como a mis 16, echar mano a ningún truco que, desde afuera, facilite las cosas y trace atajos.


Se trata de construir una significativa relación con la imagen que me devuelve el espejo. Y el aprendizaje consiste en aprender a querer lo que no puedo cambiar (que es muy poco) y trabajar para cambiar lo que sí puedo (que es mucho).


Y así ando desde los 30 años camino a los 50, cada día segura de que si hoy no hago algo para estar mejor que ayer, mañana estaré peor que hoy. En cambio, si hoy hago algo para estar mejor que ayer, mañana estaré mejor que hoy. Con este mantra inspirador el paso del tiempo es un aliado y cualquier idea anti age es un sin sentido.



martes, 9 de diciembre de 2014

Dreamer



El viernes fui a la fiesta de cumpleaños de un amigo que cumplió 46. Hacía mucho calor. Me iba a poner un pantalón negro y una remerita con la inscripción Dreamer. Mi marido me convenció de que me pusiera la misma remera y un short de jean. Porque hacía calor y, según él, para que se me vieran las piernas que lucen muy bien. En la fiesta recibí algún que otro elogio sobre mi estado físico. Escéptica, pero convencida de estar en la senda, me complacía que el "Señora" del "Buen día" del delivery del matutino quedara por un rato en suspenso. O no: ¿Me elogiaban porque me veían muy bien? ¿O me elogiaban porque me veían muy bien,  a pesar de mis 46?

Claramente, son dos cosas muy distintas. Las comparaciones en esos casos son inevitables. Y las especulaciones también. Pero, ¿con quién es justo compararse? ¿Con las que tienen mi misma edad, o parecido? ¿Con las que tienen esos tres kilos de más, aunque tengan 10 años menos? ¿Con las que lucen fantásticas porque no los tienen (ni los tres kilos, ni los 10 años)? ¿Con las agraciadas genéticamente?

Decidí que lo mejor era comparar los efectos del paso del tiempo. Y ahí pude advertir por dónde venían los elogios. Una de mis rivales -¿para qué ocultarlo? en esos términos pensamos las mujeres de otras mujeres en las fiestas o en la playa- con 20 años menos que yo, que conquistó el corazón de un coetáneo de mi marido (y mío), esa noche lucía con al menos 10 años más que cuando la conocí, hace apenas 5 años. Súper delgada como entonces pero con el rostro consumido por la maternidad, quizá, y por el cigarrillo seguro. La maternidad deja huellas - los bebés no dejan dormir bien- pero el fumar, definitivamente causa estragos. A las fumadoras, tarde o temprano les llega el derrumbe. Y en este caso se ve que le llegó temprano. Por eso, elegí ofrecerle una mirada compasiva y un "gracias de todo corazón". Aunque hoy caída en picada, seguro que cuando coincidimos por primera vez en una escena parecida, ella me inspiró.

No lo neguemos. Cuando una chica muy delgada y 20 años más joven que una llega a una fiesta de la mano de un amigo de tu marido o te inspira -a intensificar tu rutina en el gimnasio, tu dieta y tus estrategias antiage- o se torna un móvil de homicidio. No me acuerdo bien qué pensé cuando la vi por primera vez, pero no la maté. Así que seguro me inspiró. Por eso mi agradecimiento.

Que hiciera tanto calor ayudó porque se podía ver de todo: brazos y hombros desnudos, espaldas al aire y, por supuesto, mucha pierna. El menú de comparaciones prometía. Estaban las favorecidas por los genes, que siempre se mantuvieron bastante bien sin mucho esfuerzo, aunque el paso del tiempo ya se les empezaba a notar. Y estaban las favoritas de Dios, que siempre se mantuvieron muy bien, nadie sabe si con mucho o poco esfuerzo, y a las que el paso del tiempo todavía no se les nota. Pero, como siempre digo: "todavía". Cantar victoria antes de tiempo puede llevar a resultados irreversibles. Esta es una carrera de resistencia, no de velocidad. Y la que se equivoca, definitivamente pierde.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Señora, ¿yo?


Cuando me llaman "Señora" me pregunto qué andará mal. ¿El look? ¿El peinado? ¿El outfit? o ¿El que me llama Señora? Para los más jóvenes, cualquiera que supera los 35 años es alguien ya mayor. Pero en general, por cuestiones de educación, no llaman "señor" ni "señora" a nadie. Y mucho menos tratan de "Usted". El señor que hace el delivery del diario La Razón en la estación de subte Los Incas de la Línea B, que no es tan joven, es muy amable y respetuoso. Cada mañana, al entregarme el diario me dice: "Buen día, Señora". No parece andar nada mal con él. Seguramente, el problema lo tengo yo ante la evidencia de que mis 46 años se notan.

Cuando tenía 20 años creía que si sos canchera nunca das señora. Ahora me siento canchera y doy señora. Prácticamente, en las cuestiones más personales no siento la diferencia a cuando tenía 20 años. Me gusta la misma música de entonces
y, como entonces, me gusta la nueva música que aparece. Me gustaba Calamaro, me gusta Calamaro. Me gustaba Charly, me gusta Charly. La banda No te va a gustar, no existía. Pero si hubiera estado, seguro me habría gustado como me gusta ahora. Me gusta la música nueva. Me gustaba Caetano Veloso. Ahora me gusta Caetano y también Devendra Banhart. ¿Por qué se notan entonces los 46?

Cuando yo tenía 20, la música que me gustaba a mí, a mis padres les parecía absurda. Nunca olvido los comentarios de mi padre la primera vez que vimos en familia en un programa de sábado por la tarde tocar a Fito Páez en la tv. La distancia generacional era inmensa. Para mi padre, amante del tango, del folklore y de la bossa nova, Fito Páez era algo totalmente ridículo. Era un error de casting. Para mí era lo que se venía.

Hoy, mis hijos de 20 y yo compartimos gustos músicales. Y en una pista de baile, bailamos parecido. ¿Por qué entonces se notan los 46? Igual que a los 20 me gusta el helado, el chocolate, la granola. Igual que a los 20, me peso todos los días. Y peso lo mismo que a los 20. ¿Por qué entoces doy Señora?!