A los 30 años, con el cambio de década y habiendo atravesado ya dos embarazos y casi cuatro años de amamantamiento, empecé a interesarme en la transformación del físico de Madonna. Siempre agradezco tener fuerza de voluntad y capacidad de admiración. Soy mucho mejor admiradora que crítica. Y en esta carrera esto me viene sirviendo bastante.
Madonna me maravilló siempre por su tremenda voluntad y disciplina. El cuerpo es lo único que nos llevamos al féretro y ella parece tenerlo clarísimo. Con Madonna como musa inspiradora fui perdiendo mis temores al paso del tiempo. Cuando lo que uno persigue depende del trabajo personal, cada día nos regala una nueva oportunidad de progresar.
Después de los 30, o trabajás cada día para estar mejor, o cada día estás peor. A pesar de mi admiración hacia el trabajo de Madonna y de tener clara conciencia de que el cuerpo se cuida también con actividad física, recién a los 34 años logré salir del sedentarismo y ponerme en marcha.
Cuando me quedé embarazada de mi tercer hijo venía de un período de estar muy delgada y de comer muy poco. Estaba en algo menos que mi peso ideal, y obviamente, libre de esos 4 kg tan combatidos. Los tres primeros meses de embarazo, comiendo correctamente todas las comidas, y dándome algún que otro gusto, aumenté 5 kg. ¡4 kg eran de grasa! La ropa que tenía no me entraba y, lo que es peor, sentía mis piernas enfundadas en una textura poceada. Una pesadilla. Tanta felicidad con la llegada del nuevo bebé y tanta penuria estética.
Alarmada, decidí consultar a una nutricionista, Diana Chugri, quien más adelante empezó a aparecer en programas de tv hablando sobre aparatología y estética femenina. En la consulta le expliqué que yo soy vegetariana y le transmití mi perocupación por el veloz aumento de peso y por la amenazante aparición de celulitis durante el primer trimestre del embarazo. Chugri me respondió que no había nada de qué sorprenderse. El cuerpo estaba reaccionando de manera totalmente esperable para una vegetariana embarazada de 34 años. La revolución hormonal del embarazo fabrica celulitis y la dieta vegetariana, según ella, engorda por el exceso de carbohidratos. El metabolismo del embarazo a los 34 es muy diferente que a los 22 o 24 años, edades en las que tuve mis dos primeros embarazos.
Así, Chugri me indicó una dieta y me advirtió que si no la seguía al pie de la letra, me preparara para las consecuencias. Salí del consultorio llorando, con la certeza de que esa dieta, con suerte, impediría que la situación empeorara pero que de ninguna manera me serviría para mejorar nada. ¡Ay Madonna qué lejos estabas!
Acorralada. No podía hacer una dieta loca, de restricción calórica extrema. Tampoco podía encarar ninguna terapia de shock. Las prioridades estaban claras: la salud del embarazo era lo primero. Pero, decididamente, no estaba dispuesta a protagonizar el derrumbe.
En ese momento yo vivía en un complejo de edificios en torre con servicios. Tenía una piscina de natación de 40 metros de largo con carriles para nadadores, climatizada todo el año, y gimnasio con cinta para correr y bicicleta fija. Ponerme en marcha era la única salida y tenía todo dado para hacerlo. Muy bien. Me compré una malla de natación, antiparras, gorra, protectores de silicona para oídos y, equipada, a los tres días de la visita a Chugri, empecé a nadar.
Nadé, nadé y nadé. Empecé con 10 largos y terminé nadando entre 1 y 2 horas diarias. Desde el primer día que nadé no dejé de hacerlo ni uno solo en todo el embarazo. Nadé cada día hasta el mismo día del parto.
Durante el embarazo, el control de peso es complejo ya que se hace difícil determinar con precisión cuánto incremento de peso se debe al embarazo y cuánto no. De modo que si bien no abandoné la balanza, sí incorporé un nuevo control diario: el centímetro. Así como nadé cada día, también cada día registré la comida que ingerí y las medidas del contorno de mis piernas y brazos, que a pesar del embarazo, no tenían por qué aumentar.
Seguí una dieta estricta y un programa diario de ejercicio físico. Dos o tres veces por semana, además de nadar, complementaba con media hora de caminata en cinta o bicicleta fija. Aún así, engordé un total de 14 kg en todo el embarazo. Y con todo el esfuerzo logré evitar estar peor. Pero, aparentemente, no alcanzó para mejorar.
Digo aparentemente porque después del parto quedé con casi 9 kg más que antes de empezar el embarazo y la celulitis permanecía tal como la conoció Chugri. O sea que la apariencia dejaba bastante que desear. Tenía una inmensa tarea por delante pero gracias a la práctica ya contaba con la voluntad bastante ejercitada para afrontarla. Pero aprendí que la voluntad no era suficiente. Yo había dado todo. Sin embargo los resultados eran escasos y el espejo cruel. Paciencia y la tolerancia a la frustración eran las próximas lecciones.

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