viernes, 23 de enero de 2015

Cachetona, culona y panzona.

Desde chica mi alimentación fue buena y bastante cuidada. Siempre disfruté mucho de la comida y fui de buen comer, aunque nunca abusé, salvo en contadas ocasiones.


Para los de mi generación la comida congelada o el fast food no fueron amenazas. Hasta mis 18 años comí casero, la comida que preparaban mi abuela o mi mamá. Mi mamá siempre cuidó que cada integrante de la familia se conservara en línea y no engordara. Se llama Norma, y en honor a su nombre, en estas cuestiones logró imponer el deber. ¡Y bien que hizo!


En cuanto a la comida, en mi familia si se caía en excesos había conciencia de la caída. Y eso no es poco. Los placeres siempre vinieron a través  del chocolate, los helados, los quesos y las harinas. No mucho más. Nunca frituras, ni grasas. Tampoco dulces, colas ni alcohol.


A los trece años, en tamaño y peso, mi cuerpo ya era bastante parecido al que tengo ahora. Y desde los trece años estoy convencida de que luciría mejor con 3 o 4 kg menos.


A los 16 años, época de rebeldía, me entregué y, durante casi un año, me cuidé muy poco, o mejor dicho, no me cuidé. Comí despreocupadamente. Sin abusos pero sin dietas preestablecidas. Comía la comida disponible y seleccionaba de acuerdo al gusto. Como hace la mayoría de la gente que conozco.


Con la rebeldía adolescente, además de los 3 o 4 kg que siempre me alejaron de la imagen corporal ideal, engordé unos 3 kg más. Cachetona, culona, panzona, con flotadores en la espalda y pantalones de montar en las piernas, por más que recurría a la filosofía de la propia aceptación, al flower power style del love your body, no me gustaba en absoluto lo que pasaba. Casi no tenía ropa que me entrara y no me divertía vestirme. Por el contrario me irritaba.



Así las cosas, muy lejos de la liberación, el camino de la rebeldía me llevó a trasladar toda esa energía psíquica que había quitado de los cuidados de la dieta y de la figura a un mecanismo de negación. Esa negación que era indispensable para tolerar el disgusto y la insatisfacción de no hacer nada para revertirlo.


"Ya me voy a ordenar", "hay momentos para todo", "la vida está para disfrutar", "yo me veo mal porque soy muy pretenciosa con el cuerpo", "qué suerte tienen algunas, ¡merde!", "cinco kilos no son nada", "ya volveré".


Y pronto volví. Volví a los mismos cuidados de siempre con las dietas, la balanza y el espejo. A los 17 años alcancé mi peso ideal. Sí, perdí los kilos ganados el último año y, gracias a una operación de apendicitis, perdí también los históricos kilos combatidos de siempre. Tan triunfal fue el regreso que en la playa me tomaron fotos para la revista Gente y pronto me propusieron integrar el staff de modelos de la agencia de Ricardo Piñeiro.


Entre producciones de fotos para revistas, desfiles y publicidades, el peso y la figura ya no solo me devolvían  una imagen satisfactoria sino que también ¡eran mi fuente de ingresos! "Me cuido, me gusta, trabajo". "No me cuido, no me gusta, no trabajo. ¡Una nueva galleta! Buena galleta, pero galleta al fin.

miércoles, 21 de enero de 2015

Mondo difficile.

A los 30 años, con el cambio de década y habiendo atravesado ya dos embarazos y casi cuatro años de amamantamiento, empecé a interesarme en la transformación del físico de Madonna. Siempre agradezco tener fuerza de voluntad y capacidad de admiración. Soy mucho mejor admiradora que crítica. Y en esta carrera esto me viene sirviendo bastante.


Madonna me maravilló siempre por su tremenda voluntad y disciplina. El cuerpo es lo único que nos llevamos al féretro y ella parece tenerlo clarísimo. Con Madonna como musa inspiradora fui perdiendo mis temores al paso del tiempo. Cuando lo que uno persigue depende del trabajo personal, cada día nos regala una nueva oportunidad de progresar.


Después de los 30, o trabajás cada día para estar mejor, o cada día estás peor. A pesar de mi admiración hacia el  trabajo de Madonna y de tener clara conciencia de que el cuerpo se cuida también con actividad física, recién a los 34 años logré salir del sedentarismo y ponerme en marcha.


Cuando me quedé embarazada de mi tercer hijo venía de un período de estar muy delgada y de comer muy poco. Estaba en algo menos que mi peso ideal, y obviamente, libre de esos 4 kg tan combatidos. Los tres primeros meses de embarazo, comiendo correctamente todas las comidas, y dándome algún que otro gusto, aumenté 5 kg. ¡4 kg eran de grasa! La ropa que tenía no me entraba y, lo que es peor, sentía mis piernas enfundadas en una textura poceada. Una pesadilla. Tanta felicidad con la llegada del nuevo bebé y tanta penuria estética.


Alarmada, decidí consultar a una nutricionista, Diana Chugri, quien más adelante empezó a aparecer en programas de tv hablando sobre aparatología y estética femenina. En la consulta le expliqué que yo soy vegetariana y le transmití mi perocupación por el veloz aumento de peso y por la amenazante aparición de celulitis durante el primer trimestre del embarazo. Chugri me respondió que no había nada de qué sorprenderse. El cuerpo estaba reaccionando de manera totalmente esperable para una vegetariana embarazada de 34 años. La revolución hormonal del embarazo fabrica celulitis y la dieta vegetariana, según ella, engorda por el exceso de carbohidratos. El metabolismo del embarazo a los 34 es muy diferente que a los 22 o 24 años, edades en las que tuve mis dos primeros embarazos.


Así, Chugri me indicó una dieta y me advirtió que si no la seguía al pie de la letra, me preparara para las consecuencias. Salí del consultorio llorando, con la certeza de que esa dieta, con suerte, impediría que la situación empeorara pero que de ninguna manera me serviría para mejorar nada. ¡Ay Madonna qué lejos estabas!



Acorralada. No podía hacer una dieta loca, de restricción calórica extrema. Tampoco podía encarar ninguna terapia de shock. Las prioridades estaban claras: la salud del embarazo era lo primero. Pero, decididamente, no estaba dispuesta a protagonizar el derrumbe.


En ese momento yo vivía en un complejo de edificios en torre con servicios. Tenía una piscina de natación de 40 metros de largo con carriles para nadadores, climatizada todo el año, y gimnasio con cinta para correr y bicicleta fija. Ponerme en marcha era la única salida y tenía todo dado para hacerlo. Muy bien. Me compré una malla de natación, antiparras, gorra, protectores de silicona para oídos y, equipada, a los tres días de la visita a Chugri, empecé a nadar.


Nadé, nadé y nadé. Empecé con 10 largos y terminé nadando entre 1 y 2 horas diarias. Desde el primer día que nadé no dejé de hacerlo ni uno solo en todo el embarazo. Nadé cada día hasta el mismo día del parto.


Durante el embarazo, el control de peso es complejo ya que se hace difícil determinar con precisión cuánto incremento de peso se debe al embarazo y cuánto no. De modo que si bien no abandoné la balanza, sí incorporé un nuevo control diario: el centímetro. Así como nadé cada día, también cada día registré la comida que ingerí y las medidas del contorno de mis piernas y brazos, que a pesar del embarazo, no tenían por qué aumentar.


Seguí una dieta estricta y un programa diario de ejercicio físico. Dos o tres veces por semana, además de nadar, complementaba con media hora de caminata en cinta o bicicleta fija. Aún así, engordé un total de 14 kg en todo el embarazo. Y con todo el esfuerzo logré evitar estar peor. Pero, aparentemente, no alcanzó para mejorar.


Digo aparentemente porque después del parto quedé con casi 9 kg más que antes de empezar el embarazo y la celulitis permanecía tal como la conoció Chugri. O sea que la apariencia dejaba bastante que desear. Tenía una inmensa tarea por delante pero gracias a la práctica ya contaba con la voluntad bastante ejercitada para afrontarla. Pero aprendí que la voluntad no era suficiente. Yo había dado todo. Sin embargo los resultados eran escasos y el espejo cruel. Paciencia y la tolerancia a la frustración eran las próximas lecciones.

domingo, 18 de enero de 2015

Las Rosas Inglesas

Como dice Goffman para otras cosas, yo digo que en cuestiones del cuerpo y el estado físico, todos tenemos una carrera. Algunos la transitamos con mayor conciencia, preocupación y cuidado que otros. Pero todos crecemos, nos desarrollamos y luego envejecemos. Así trazamos una carrera individual nutrida de las experiencias de aprendizaje relativas a nuestra propia condición, que nos llevan a ir modificando cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás.


En mayor o menor medida cada quien construye su propia carrera sirviéndose de la medicina y de las industrias de la moda y la cosmética. En esta construcción también  nuestro entorno social, las revistas, la tele y, en general, los medios masivos de comunicación siempre jugaron un rol clave, que ahora también juegan las redes sociales.


Es difícil precisar con exactitud cuándo empezó mi carrera. Recuerdo que a los 5 años, el capítulo que más me interesaba de mi primera enciclopedia  era el de ejercicios físicos para estar en forma y cuidar la salud. Así aprendí a leer, mientras intentaba ejercitarme con la guía de las figuras.


Se ve que el tema siempre me interesó aunque nunca tuve aptitudes físicas destacadas. En el colegio admiraba mucho a mis compañeras que hacían muy bien destreza. Yo con la medialuna y la vertical me llevaba bastante bien pero hacer bien el flip- flap me quedó pendiente. No lo logré nunca. Como siempre digo, uno de mis pocos dones es la voluntad. Y con mucha voluntad y muy poca competencia terminé la primaria como primera escolta de la bandera de deportes.


Mi papá nadaba muy bien y me enseñó a nadar de muy chiquita. Luego de años de colonia en el club yo también aprendí a nadar, pero fue recién de grande cuando empecé a disfrutar de la natación.


Salvo fugaces intentos que solo me sirvieron para mostrarme que "yo si quiero puedo", desde que terminé la secundaria hasta los 34 años tuve una vida totalmente sedentaria.


La estética corporal, sin embargo, nunca dejó de preocuparme. Espejo y balanza fueron siempre parte de mis efectos personales indispensables. Y lo siguen siendo. El control de peso en mi caso desde los 15 años es un must.


El desarrollo, la maternidad y la menopausia son claramente las tres olas más grandes que tenemos que surfear las mujeres. Yo ya pasé las dos primeras. Y la segunda por tres! En todas, el control de peso fue un tema central y cotidiano que fui abordando de formas muy diferentes a lo largo de los años. El margen de oscilación generalmente fue de 5 kg.


Con  5 kilos más, por ejemplo, ¿me hubieran dicho en la última fiesta a la que fui que estoy muy bien, como sí me dijeron? Dudoso. Nadie lo hacía cuando mi hijo menor tenía apenas 1 año y yo tenía 9 años menos y 4 kilos más. Esos 4 kilos que te agregan nada más ni nada menos que 10 años. Todo lo que te queda bien sin esos kilos, te queda pésimo o sencillamente no te entra con esos kilos de más.


Y es así como resulto ser superficial y obsesiva. Dos calificativos merecidos debido a mi pasión por el cuerpo y sus formas. Pocos me lo dicen -mis hijos, entre ellos- pero seguro muchos de los que me conocen bien lo piensan. No está mal. Me parece bastante divertida esa imagen. Camufla glamourasamente lo que en verdad soy: una monje devota de la balanza.

O acaso quién puede negar que las conductas superficiales y obsesivas son mucho más atractivas que las ascéticas, que aburren a la mayoría de la gente que conozco.

Y como todo monje, además de asceta, soy una creyente que no tiene dudas de que Dios está en todo. En todo significa que en la balanza y en el espejo Dios también está.


Hay muchas formas distintas de ocuparse - o no ocuparse - del cuerpo y de la imagen. Yo me ocupo hace 30 años ya. Y los períodos en los que durante ese lapso no me ocupé, desplegué un poderoso dispositivo de negación que seguramente bien conocen todas las que a pesar de necesitarlo persisten en no ocuparse.


En mi caso, inmediatamente después de la etapa de desarrollo recurrí a esos tratamientos de pastillas milagrosas promocionados como "homeopáticos" que me dieron resultados efímeros pero contundentes.   Efímeros porque los kilos perdidos, sin las pastillas, pronto volvieron. Y contundentes porque me permitieron conocer una forma de mi cuerpo ya desarrollado que hasta entonces desconocía, justamente sin esos 4 o 5 kilos de más.


Desde entonces hasta hoy pasé por muchas transformaciones, para mi gusto, evolutivas. La búsqueda de una imagen armónica me llevó por un saludable camino de autodesarrollo.

Concebido de esta forma, ya no vale, como a mis 16, echar mano a ningún truco que, desde afuera, facilite las cosas y trace atajos.


Se trata de construir una significativa relación con la imagen que me devuelve el espejo. Y el aprendizaje consiste en aprender a querer lo que no puedo cambiar (que es muy poco) y trabajar para cambiar lo que sí puedo (que es mucho).


Y así ando desde los 30 años camino a los 50, cada día segura de que si hoy no hago algo para estar mejor que ayer, mañana estaré peor que hoy. En cambio, si hoy hago algo para estar mejor que ayer, mañana estaré mejor que hoy. Con este mantra inspirador el paso del tiempo es un aliado y cualquier idea anti age es un sin sentido.