Como dice Goffman para otras cosas, yo digo que en cuestiones del cuerpo y el estado físico, todos tenemos una carrera. Algunos la transitamos con mayor conciencia, preocupación y cuidado que otros. Pero todos crecemos, nos desarrollamos y luego envejecemos. Así trazamos una carrera individual nutrida de las experiencias de aprendizaje relativas a nuestra propia condición, que nos llevan a ir modificando cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás.
En mayor o menor medida cada quien construye su propia carrera sirviéndose de la medicina y de las industrias de la moda y la cosmética. En esta construcción también nuestro entorno social, las revistas, la tele y, en general, los medios masivos de comunicación siempre jugaron un rol clave, que ahora también juegan las redes sociales.
Es difícil precisar con exactitud cuándo empezó mi carrera. Recuerdo que a los 5 años, el capítulo que más me interesaba de mi primera enciclopedia era el de ejercicios físicos para estar en forma y cuidar la salud. Así aprendí a leer, mientras intentaba ejercitarme con la guía de las figuras.
Se ve que el tema siempre me interesó aunque nunca tuve aptitudes físicas destacadas. En el colegio admiraba mucho a mis compañeras que hacían muy bien destreza. Yo con la medialuna y la vertical me llevaba bastante bien pero hacer bien el flip- flap me quedó pendiente. No lo logré nunca. Como siempre digo, uno de mis pocos dones es la voluntad. Y con mucha voluntad y muy poca competencia terminé la primaria como primera escolta de la bandera de deportes.
Mi papá nadaba muy bien y me enseñó a nadar de muy chiquita. Luego de años de colonia en el club yo también aprendí a nadar, pero fue recién de grande cuando empecé a disfrutar de la natación.
Salvo fugaces intentos que solo me sirvieron para mostrarme que "yo si quiero puedo", desde que terminé la secundaria hasta los 34 años tuve una vida totalmente sedentaria.
La estética corporal, sin embargo, nunca dejó de preocuparme. Espejo y balanza fueron siempre parte de mis efectos personales indispensables. Y lo siguen siendo. El control de peso en mi caso desde los 15 años es un must.
El desarrollo, la maternidad y la menopausia son claramente las tres olas más grandes que tenemos que surfear las mujeres. Yo ya pasé las dos primeras. Y la segunda por tres! En todas, el control de peso fue un tema central y cotidiano que fui abordando de formas muy diferentes a lo largo de los años. El margen de oscilación generalmente fue de 5 kg.
Con 5 kilos más, por ejemplo, ¿me hubieran dicho en la última fiesta a la que fui que estoy muy bien, como sí me dijeron? Dudoso. Nadie lo hacía cuando mi hijo menor tenía apenas 1 año y yo tenía 9 años menos y 4 kilos más. Esos 4 kilos que te agregan nada más ni nada menos que 10 años. Todo lo que te queda bien sin esos kilos, te queda pésimo o sencillamente no te entra con esos kilos de más.
Y es así como resulto ser superficial y obsesiva. Dos calificativos merecidos debido a mi pasión por el cuerpo y sus formas. Pocos me lo dicen -mis hijos, entre ellos- pero seguro muchos de los que me conocen bien lo piensan. No está mal. Me parece bastante divertida esa imagen. Camufla glamourasamente lo que en verdad soy: una monje devota de la balanza.
O acaso quién puede negar que las conductas superficiales y obsesivas son mucho más atractivas que las ascéticas, que aburren a la mayoría de la gente que conozco.
Y como todo monje, además de asceta, soy una creyente que no tiene dudas de que Dios está en todo. En todo significa que en la balanza y en el espejo Dios también está.
Hay muchas formas distintas de ocuparse - o no ocuparse - del cuerpo y de la imagen. Yo me ocupo hace 30 años ya. Y los períodos en los que durante ese lapso no me ocupé, desplegué un poderoso dispositivo de negación que seguramente bien conocen todas las que a pesar de necesitarlo persisten en no ocuparse.
En mi caso, inmediatamente después de la etapa de desarrollo recurrí a esos tratamientos de pastillas milagrosas promocionados como "homeopáticos" que me dieron resultados efímeros pero contundentes. Efímeros porque los kilos perdidos, sin las pastillas, pronto volvieron. Y contundentes porque me permitieron conocer una forma de mi cuerpo ya desarrollado que hasta entonces desconocía, justamente sin esos 4 o 5 kilos de más.
Desde entonces hasta hoy pasé por muchas transformaciones, para mi gusto, evolutivas. La búsqueda de una imagen armónica me llevó por un saludable camino de autodesarrollo.
Concebido de esta forma, ya no vale, como a mis 16, echar mano a ningún truco que, desde afuera, facilite las cosas y trace atajos.
Se trata de construir una significativa relación con la imagen que me devuelve el espejo. Y el aprendizaje consiste en aprender a querer lo que no puedo cambiar (que es muy poco) y trabajar para cambiar lo que sí puedo (que es mucho).
Y así ando desde los 30 años camino a los 50, cada día segura de que si hoy no hago algo para estar mejor que ayer, mañana estaré peor que hoy. En cambio, si hoy hago algo para estar mejor que ayer, mañana estaré mejor que hoy. Con este mantra inspirador el paso del tiempo es un aliado y cualquier idea anti age es un sin sentido.

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